Resinofobia aguda

Hola a todo el mundo, una vez más me aventuro a publicar un texto para intentar entreteneros un rato.

Acabo de llegar a casa tras una hora y media encerrado en el tablón un día espléndido como hoy y quiero aprovechar a escribir esto mientras espero a que el calor afloje y me permita pasear a la jauría.

Estos meses dedicado a la escalada en roca han resultado muy fructíferos, conseguí cumplir con meses de antelación todos los objetivos del año: número de encadenes, subir el grado a vista y ensayado, hacer algo de tapia y mejorar en general (falta el apartado bloque en el que tengo un “no presentado”). Mientras se iba desarrollando el verano, el nivel de motivación hacía que mentalmente calculase lo que podría mejorar encerrándome en el rocodromo e iba pensando en el entrenamiento de cara al año que viene; calculaba días de entreno, descansos, qué iba a entrenar cada día, calentamientos, estiramientos, pesas, resistencia, continuidad, renegar de los pasos, campus… puede parecer una locura que en lugar de disfrutar del momento tan bueno que estoy viviendo, me dedique a planificar de cara al año que viene, pero así soy yo, adicto a la presciencia.

La cuestión es que tras encadenar el viernes por la mañana “L’emigrant” en Piedranidia (vía muy recomendable, creo que de lo mejor que hice hasta el momento), la ausencia de un objetivo definido combinado con salir a roca de forma rutinaria, me dejaba un poco bajo de motivación.

Este era mi estado anímico cuando hoy me vi obligado a ir al rocódromo. Salí de casa motivado, pensando en hacer 10 traves de 40 con 4 minutos de descanso en presa grande y mediana como primera toma de contacto con el planning que me reservo para el invierno. Llegué al Puntu Collorau a las 16:00 y verme encerrado allí solo, fue una primera prueba a mi fuerza de voluntad; mirar por la ventana, ver ese soleado día que en una pared a la sombra permitiría estar de lujo y saber que mi destino era sufrir en un plafón asfixiante, supuso ya de mano una merma en la motivación bastante severa. Pero como no era mi intención estar una semana sin escalar… luces, música y acción.

Foto de archivo para los que no recordáis cómo es el tablón (¡cabrones!)

Ya la primera travesía me recordó que coger jarros en el rocata te deja las manos convertidas en un callus horribilis, así que para olvidar escribo con magnesio nombres de vías encadenadas y por encadenar, además de alguna chorrada del tipo “sube pies” o “empotra la rodilla”. Sigo la rutina y cuando llevo 5 traves llega Rubén, ¡HURRA! Se acaba el monólogo mental, ya no es tan jodido entrenar en el plafón, se acabó estar solo, pero como contrapartida llega la segunda prueba a la fuerza de voluntad, ¿por qué seguir entrenando “conti” cuando puedo dedicarme a hacer pasos y pasarlo en grande sufriendo menos? Rubén pregunta lo que estoy entrenando y con mi cara más seria digo que travesías, nada de pasos, prohibido, segunda bajada de motivación del día. Yo a lo mío hasta que el cuerpo (¿o la cabeza?) no da más de sí y entonces en lugar de subir el tiempo de descanso y acabar las series me concedo hacer media hora de pasos.

Así tiramos hasta las 17:30 hora límite y ahora en casa pienso mientras escribo esto entre dolores de piel y un poco de dolor en las muñecas, que engancharse a la roca es jodido porque al final tarde o temprano siempre vuelves al rocódromo, pero sabiendo que no te puede ofrecer ninguna satisfacción real. Antes me motivaba sacar pasos (me acordaba de todos durante semanas), cumplir con  las travesías y entrenar cada vez más duro, ahora nada de eso me motiva, quizá sea esa la causa de que escriba nombres de vías en la madera. Cuando me siento a descansar leo esos nombres y recuerdo que estoy allí para conseguir algo, que la verdad está ahí  afuera y que merece la pena machacarse.

Vine, vi y me quedé (aunque a veces me apetece marcharme).

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